Judith Schalansky y el hallazgo de las cosas perdidas

  1. Mi padre es un libro
  2. Judith Schalansky y el hallazgo de las cosas perdidas
  3. Me estoy cortando…
  4. Un avión que vuela de Madrid a Frankfurt
  5. La casa cerrada (fragmento)
  6. Se desvanece
  7. Escrito en el cielo: poemas japoneses
  8. Dante
  9. Fósiles (de “Fabulario”)
  10. Marsella
  11. Y oirán ruidos y rumores de guerra
  12. Se trata de gente del desierto
  13. Atrás del humo están las hilanderas

Por: Carlos Ávila Villamar

Algunos de los subrayados de domingo más placenteros que he trazado recientemente pertenecen al extraño libro Inventario de algunas cosas perdidas, de la alemana Judith Schalansky, traducido al español por Acantilado. No es la primera vez que escribo sobre un libro de Schalansky. Como la vez anterior (cuando escribí sobre Atlas de islas remotas), se me hace inevitable trasplantar ciertas líneas: “Los archivos, museos y bibliotecas, los parques zoológicos y los espacios naturales protegidos no son más que cementerios mejor o peor administrados”, “En verano, la sombra de los castaños y las ciencias naturales ayudan a combatir el calor. En invierno, la filosofía es el mejor aliado contra el frío”, “Llega un hombre, me hace señas a través de los cristales traslúcidos. Pronuncia la palabra salitre. Suena como una condena a muerte. Es entonces cuando descubro una costra blanca sobre las paredes. Cualquiera diría que es una enfermedad contagiosa”, “El mal es la tela que se forma sobre la leche caliente, la delgada capa de hielo que cubre el estanque del pueblo, los cuerpos brillantes de una docena de babosas negras en el patio. La muerte es una anciana vestida con una bata de flores, sin mangas” (hay algo en este último fragmento que parece sacado de un libro de Eliseo Diego).

Inventario de algunas cosas perdidas constituye un gabinete de textos heterogéneos que toman como motivo objetos curiosos y desaparecidos: el supuesto esqueleto de unicornio encontrado por Otto von Guericke en 1663 y desmantelado y repartido entre aficionados años más tarde, los textos sagrados de Mani (y en general la casi olvidada doctrina maniquea, que alguna vez se difundió rápidamente por África, Europa y Asia, antes de ser prohibida), las selenografías de Gottfried Adolf Kinau, el tigre del Caspio (forzado a pelear en las arenas romanas), la isla de Tunaki (desaparecida hace poco en el Océano Pacífico), el otrora lujoso Palacio de la República de Alemania del Este (cuyo acero se reutilizó para la construcción del Burj Khalifa en Dubái), la misteriosa música que acompañaba los versos de Safo. Después de la estampa y la nota fúnebre de cada cosa se adjuntan piezas literarias que a menudo intentan llenar el vacío, como los huesos de animales extintos que se hacen con resina, y que reconstruyen el resto del cuerpo de lo que en ocasiones solo son unas pocas vértebras, un hocico o una garra. El formato es el de Atlas de islas remotas (de hecho, el texto de la isla de Tunaki parece salido de este). Sin embargo, se separa de aquel minimalismo de asombros (la escritura imitaba a las islas), y se adentra en lo vasto, lo continental (la escritura imita la memoria). La fuerza oculta que da forma y unidad a las piezas de Atlas de islas remotas es el determinismo geográfico, la de Inventario de algunas cosas perdidas, el determinismo temporal. La escritura de Judith Schalansky parece sensible a las tristezas fatalistas, y sus libros toman por imagen el atlas y el museo, intentos de regular lo irregulable (las arcas diluvianas del positivismo). En última instancia, Inventario no es tan perfecto como Atlas, pero consigue en suma mayores aciertos.

Me habría gustado que su disertación sobre los monstruos (adjunta al esqueleto de unicornio de Guericke) fuera más extensa. Narra que firmó un contrato para publicar un bestiario sin tener bien planificado el libro siquiera, y que se internó en una cabaña entre las montañas para estudiar urgentemente el asunto. Entre más lo estudiaba, entre más notas sobre monstruos compilaba (“aprendí que el grifo procedía de Hiperbórea o de la India y que el gigantesco pájaro Roca era originario de Arabia; que los dragones chinos tenían cinco dedos, los coreanos cuatro y los japoneses tres”) más se le reducía el tema. Las historias eran repetitivas y tediosas. “No se puede negar que la evolución es incomprensiblemente más imaginativa que la fantasía humana”, escribe antes de comparar el calamar mitológico con el real, cuyos machos pasan tanto trabajo para encontrar pareja (cada ejemplar reina solitario en un cosmos de oscuridad) que cuando avistan a otro le inyectan el semen en la piel sin comprobar si es hembra, o antes de comparar la hidra de Hércules con la diminuta hidra de río (también llamada pulpo de agua dulce), potencialmente inmortal. Es curioso que esa pieza (la del unicornio de Guericke) sea la historia de un libro abortado, perdido, cuya alma supervivió de algún modo en el que terminó por escribir.

El mundo es, al final, una resta infinita, donde cada cosa se compone de fragmentos cuyo rastro desaparece, cuya imagen se falsifica: “si los poemas de Safo hubieran llegado hasta nosotros intactos, nos parecerían tan extraños como las esculturas clásicas pintadas en su día con colores llamativos y estridentes”. La doctrina maniquea, apunta Schalansky, cree que hubo una luz inicial en los primeros seres humanos que se dispersa en partículas cada vez más pequeñas. Al procrear, los seres humanos subdividen la luz, “complicando así el retorno del Día a su reino celestial”. Lo verdadero, por cierto, parece estar siempre en el origen. Hay dos formas posibles de entender lo auténtico: como el primer estado de cosas, y como el último. Sin embargo, es posible imaginar un mundo sin final, pero no un mundo sin origen. Por tanto, es más verosímil siempre la sensación de un declive de las épocas y las cosas.

Judith Schalansky menciona la hipótesis de cierto alquimista de que toda planta posee una copia brillante en la bóveda celeste, y la vieja suposición, registrada en Orlando el furioso, de que las cosas perdidas del mundo reaparecen en la luna. Buena parte de la mitología de todos los pueblos se ha enfocado en imaginar una compensación a la constante pérdida y degradación de las cosas. En cierto sentido, las historias del fin del mundo son solo una versión en cámara rápida del mundo como sucede cada día (a medio camino estaría lo imaginado por Paul Auster en El país de las últimas cosas). La ciencia ha llamado flecha de entropía al fenómeno físico de que la materia tienda al caos y a la fragmentación. En el fondo (incluso en la pretendida imparcialidad de la ciencia) está el augurio de la muerte. En el prólogo de Inventario Schalansky confiesa, al hablar de la empresa misma de su libro: “no me había dado cuenta de que este proceder no es más que otra manera, una de las muchas posibles, de tratar con la muerte”. En el texto que acompaña la estampa del Palacio de los Von Behr aparece narrado su descubrimiento de la muerte en la infancia (“El kilómetro es una unidad que un niño no puede concebir, lo mismo que un año”). Sus primeros juegos consisten en corretear por el cementerio, saltar y esconderse entre las lápidas. La madre la regaña cada vez que recoge tulipanes allí y los lleva para la casa, pero no le explica por qué. La niña ignora, por supuesto, que “aquellas flores pertenecían a personas que ya no existían, muertos que se descomponían en cajas de madera”. Un día el primo le explica el secreto. Ella no le cree, o sospecha que ha entendido mal. No aguanta más y le pregunta directamente a la madre. Ella le contesta que es verdad, que las personas se pudren en el suelo como manzanas. “Me tapé los oídos, aunque nadie hablaba, y salí corriendo al zaguán”, escribe.

La etimología de perder es “dar por completo” (no deja de ser asombroso repensar que en una traducción literal quien se pierde en un bosque se entrega a un bosque). La etimología de inventario es “lista de hallazgos” (se revela allí su parentesco con la palabra invención). El título del libro en realidad anuncia, por tanto, una “lista de hallazgos de cosas perdidas”, o más específicamente, una “lista-con-algunos-hallazgos de lo que se ha dado-por-completo a la nada”. Su afán es el mismo que el de toda la memoria escrita: combatir la pérdida, combatir la muerte. Pero en el fondo, a la vez, insinúa una sublimación del fragmento (semejante a la que hace Valeria Luiselli cuando habla de los relingos en Papeles falsos). Las ruinas nos hacen falta. “Olvidar todo es malo, de eso no cabe duda; pero es aún peor no olvidar nada”, escribe Schalansky (ahí está Funes y la Biblioteca de Babel para demostrarlo). Más que una exaltación de la memoria, Judith Schalansky hace una exaltación de la imaginación. Los fósiles son la excusa para poblar el pasado de paisajes.

Debo confesar que siempre he sentido predilección por los fósiles. De niño husmeaba en las bibliotecas las reconstrucciones cromadas de las criaturas extintas, las comparaba entre sí: cada libro le daba a una misma especie una coloración distinta en las escamas, pelos o plumas, a veces las ilustraciones diferían en la altura de una cresta, en la longitud del cuello, en la abertura de los orificios nasales, en la postura para caminar, incluso en si la especie era terrestre, voladora o acuática. Los paleoartistas interpretaban los incompletos huesos a su manera, y aquello dejaba lugar a múltiples posibilidades, en vez de a una sola. Como bien sabe Judith Schalansky, lo que se pierde, lo que se da-por-completo en el mundo físico, a veces se multiplica en la imaginación. Y sospecho que el gusto por la paleontología (como el gusto por la arqueología y la historia) constituye, ante todo, un gusto por la imaginación y por los juegos de la posibilidad.

Hace algunos años fue publicado un libro, titulado All Yesterdays (hasta donde sé, no ha sido traducido al español), que cambió el modo en el que se hacían reconstrucciones artísticas de animales extintos. Su tesis de fondo era que la mayoría de las reconstrucciones manejaban un margen de error demasiado pequeño, bastaba agregar músculo y piel al esqueleto que se tenía y se asumía que algo así debía parecer la criatura. Sin embargo, los rasgos más distintivos de la mayoría de las especies que conocemos no dejan registro en los huesos: trompa y orejas no son visibles en el cráneo del elefante, la pintoresca cola de la ballena partida en dos parece en el esqueleto la de un lagarto, sin el buche el pelícano luce irreconocible, sin la peluda cola una ardilla es un ratón corriente. La sección más llamativa del libro es la que contiene ilustraciones de cómo se verían los animales actuales si los reconstruyéramos guiándonos por los mismos vicios con los que reconstruimos a las especies extintas. Los colibríes son retratados como monstruillos chupadores de sangre. El manatí, como un cuadrúpedo. El hipopótamo como una bestia con una aleta dorsal. Los monos corren en cuatro patas por la llanura y cazan en grupos como perros. Esta reducción al absurdo de nuestra capacidad para predecir apariencias y comportamientos de animales de los que solo tenemos fragmentos de huesos no solo tiene una utilidad para la ciencia, tiene un profundo componente estético que nos hace replantearnos el mundo. Ahí está la maravilla de la pérdida: el pasado se proyecta como posibilidad, rasgo que usualmente asociamos con el futuro. Pero a diferencia del futuro, el pasado ya no puede decepcionarnos.

A fin de cuentas, la posibilidad tiene más peso que la realidad, porque en la realidad a menudo solo encontramos lo accidental, lo que ha venido a ser el caso, mientras que en toda posibilidad, en toda conjetura, se figura algo eterno. Lo que se tiene es accidental, no así lo que se pierde.

Carlos Ávila Villamar

Publicaciones

Holguín, 1995.