La caída del verano

Ronald Abilio Noda
Publicaciones

La Habana, 1995.

  1. Francesco Pecoraro y la simplificación primordial
  2. Con los dedos entumecidos
  3. Literatura y burocracia
  4. Pastorale
  5. Itacate de mis días
  6. La Ciudad de México
  7. La invención de la biblioteca
  8. Rumores del polvo y del acero
  9. Este lugar solitario (tomado de “White Girls”)
  10. La caída del verano

Por: Attilio Bertolucci

Traducción: Ronald Abilio Noda

Bayas y óxido

El encendido imprevisto de las lámparas
En la niebla del puente
La arcana luz de tus cabellos
Negros reflejados en el agua que se mueve.

El día de invierno ha florecido
Los setos están vacíos de bayas, las puertas
Están vestidas de óxido, el silencio
Dura hasta la noche.
Cuando termina el verano

Oh, el color
Rojo de tu camiseta
Esta primera noche de lluvia
En la hora dulce que espera
Que se enciendan las lámparas
Querida lluvia del fin del verano
En el umbral de tu casa
Queridos brazos que me toman
Quietos discursos y rumores de lluvia
Sin que llegue la hora de la noche
Amor a mí…

Amor a mí cercano
De tu crueldad me consuela
Fuera está la noche y cae
Una lluvia imprevista.

La lámpara familiar revela
Las íntimas y queridas cosas
Amor habla y habla de ti
Sumiso
Como el agua entre las hierbas altas.
El baño

En este canal entre enredaderas
Rociadas de verderán
En el caluroso mediodía del verano
Hacías un baño de julio
Eras pequeña y desnuda
Dichosa del agua que quería 
Llevarte a donde van las libélulas
Otra vez en lo oscuro

Otra vez en lo oscuro de la calle
Te vi teñirte, luz paciente,
El borde del antepecho de rojo.
Era el estío del año…
Aire cálido de un día 
Perdido que este amor
De ti movía la llanura
Y la sombra larga de los árboles.
Inacabada

En la plateada estación al final
Tormentosos del año la belleza
De las flores muere al aliento
Frío de la mañana, inútil sale el sol.

Así tu cara morena, la tez
Perezosa que vence ahora al clavel
Un inmóvil mediodía y nubes plenas
De la madura juventud anuncia.
Cuando tú estás lejana

Cuando tú estás lejana
Levantándome 
Busco tu pecho hinchado
Triste y goloso como un niño destetado.

Cuando tú estás lejana 
Y viene la noche invernal
Adornada de jacintos
Y tú vuelves a casa sola
Llevando en el cuello de piel
El olor del frío
Y te calientas las manos a la llama
Esperando un poco para encender la luz
Ya te acostumbras 
A la sumisa compañía de estas letras.
Ifigenia

Alas de paloma repiquetean
En el sereno mediodía
Entre los blancos espinos polvorientos,
Algunas plantas frutales
Temerosas esconden tras las hojas
Las promesas que recogerá el otoño.
Sobre el carro que montan la puerta
En esta extraña plácida tierra
Ifigenia piensa en su esposo y en sí misma…
Ya se ha alzado la luna, una clara luna
Que parece de agua en el gran esplendor
Del cielo, y apenas se ve.
La muchacha Ifigenia
Gira en torno los pequeños ojos puros,
Los párpados le arden, sus manos
Morenas se posan leves sobre sus cabellos.
Le parece ser nueva,
Sin recuerdos, que todo comienza ahora.
En una vuelta las palmas se le llenan
De tiernas y largas hojas de acacia.
A Ninetta

Con las mejillas de fuego
Y los ojos que reían
Caminabas por una selva
El sol jugaba 
Con el agua que huía
Estaba el enebro aromático
Y los grandes helechos orgullosos
Y los misteriosos líquenes…
Surgió la luna clara
Entre las ramas.
Amor 

La luna coronada de margaritas 
Ríe en los vagos ojos enfermos
Corzos de plata
Bromean en los claros del cielo.

Las flores se manchan de sangre…
Oh, lejana, lejana, en esta noche,
Como una nave con sus velas
En el mar oscuro…

Pero luego vendrá el tiempo
Árido y melodioso de las amapolas
Y tú retornarás
Ya, mi señora.
Fragmento excluido de “La cámara del lecho”

“Estoy aquí entre una llegada y una partida”
Estoy escribiendo, recluido voluntario
En la sala verde
Única habitación libre de maletas,
Baúles, cestas, para ser trasladadas
A la montaña, evento necesario, hábito saludable
Impuesto por la dulzura de la migraña fuerte y delicada.
N., ejecutora sin incertidumbre de un proyecto
De restauración de la casa que los Maremmanos edificaron 
En años lejanísimos y que los herederos,
Después de descender a la llanura generosa que ofrecía dones y riesgos,
Dejaron estropear en lenta paz.
Bernardo, el manso suegro le da una mano,
Sin hacerse mostrar, pero
Por los caminos de la larga noche viuda
Vuelven las luces del insomnio
Así como fueron alimentadas con aceite de linaza
En su infancia selvática e inquieta en estas habitaciones-
Nuevamente floridas de corolas púrpuras sobre el azul del muro-
Que en el salón augusto acogerán a sus nietos,
El impetuoso portador de su nombre y el segundo hijo,
Que ya conversa con él,
El primero penoso, Giuseppe, rondando casi
Como una traición contra mí en su cabellera castaña,
De piernas que se alargan.
Es una ardiente y fervorosa mañana de julio, los hijos
De la familia propietaria se entregan
A la malicia y a la amistad de aquellos,
Hombres y mujeres en cualquier orden,
Se espera la cosecha del heno, seco y sonoro.
Yo pinto una imagen mía reflejada
Sobre el espejo que forma el vidrio
Movido por un poco de viento
De la puerta de la ventana mal cerrada sobre el jardín
Que alterna la marchita y cansada rosa
Y la flor deslumbrante de la materna
Violada magnolia…
La rosa blanca

Cogeré para ti
La última rosa del jardín
La rosa blanca que florece
Con las primeras nieblas.
Las ávidas abejas la visitaron
Ayer mismo
Pero todavía es tan dulce
Que hace temblar.
Es un recuerdo de ti en treinta años
Un poco desmemoriada, como tú estarás entonces.
Página de diario

En Boloña, en la Fontaina
Un camarero astuto y liso
Sin hablar, con una sonrisa
Abre para nosotros una puerta.

La habitación vacía y soleada daba
Hacia un canal
Por cuyo silencio
Una flota de patos navegaba.

Un vino de oro esplendía en los vasos
Y nos embriagó;
El amor en tus ojos negros
Fuego en un claro, se incendió.

Originales

Bacche e ruggine

L’accendersi improvviso delle lampade
nella nebbia del ponte,
l’arcana luce dei tuoi capelli
neri riflessa dall’acqua che si muove.

 Il giorno d’inverno ha fiorito
di bacche le siepi deserte, di ruggine
vestito i cancelli, il silenzio
dura sino a notte
Quando l`estate finisce

Oh, il colore
rosso della tua camicetta
questa prima sera di pioggia
nell’ora dolce che aspetta
che si accendano le lampade
cara pioggia di fine estate
sulla soglia della tua casa,
care braccia a me allacciate,
quieti discorsi e rumori di pioggia
sin che arriva l’ora di notte.
Amore a me…

Amore a me vicino
di tua crudeltà mi consola,
fuori è notte e cade
una dolce pioggia improvvisa.

La famigliare lampada rivela
le intime e care cose,
amore parla e parla di te
sommesso, come acqua fra erbe alte.
Il bagno

in questo canale fra viti
spruzzate di verderame
nel caloroso pomeriggio estivo
facevi un bagno giulivo.
Eri piccola e nuda,
beata dell’acqua che voleva
portarti via, dove vanno le libellule.
Altra volta nel buio

Altra volta nel buio della stanza
ti vidi tingere, luce paziente,
l’orlo del davanzale di rosso.
Era l’estate dell’anno…
Calda l’aria di un giorno
perduto che l’amore
di te muoveva la pianura
e l’ombra lunga degli alberi.
Incompiuta

Nell’argentea stagione al finire
tormentoso dell’anno la bellezza
dei fiori muore al fiato
freddo dell’alba, inutile nasce il sole.

Così il tuo bruno volto, l’incarnato
pigro che il garofano ora vince
immobile meriggio e grevi nubi
della matura giovinezza annuncia.
Quando tu sei lontana

Quando tu sei lontana
svegliandomi
cerco il tuo delicato
gonfio petto
triste e goloso come un bambino svezzato.
Quando tu sei lontana
e viene la sera invernale
adorna di giacinti,
e tu torni a casa sola
portando sul collo di pelliccia
l’odore del freddo,
e ti scaldi le mani alla fiamma
aspettando un po’ ad accendere la luce,
e ci si è abituati
alla sommessa compagnia delle lettere…
Ifigenia

Ali di colombi strepitano
nel sereno meriggio;
fra i biancospini polverosi
qualche pianta da frutto
timorosa nasconde tra le foglie
le promesse che autunno coglierà.
Sul carro che monotono la porta
in questa strana placida terra
Ifigenia pensa allo sposo e a sé…
Già s’è alzata la luna, una chiara luna
che sembra d’acqua nel grande splendore
del cielo, ed appena si vede.
La fanciulla Ifigenia
volge intorno i piccoli occhi puri,
le palpebre le scottano, le sue mani
brune si posano lievi sui capelli.
Le pare d’essere nuova,
senza ricordi, che tutto cominci ora.
A una svolta si riempie le palme
di tenere e lunghe foglie di gaggìa.
A Ninetta 

Con le guance di fuoco
e gli occhi ridenti
camminavi per una selva.
Il sole scherzava
con l’acqua
che fuggiva via.
C’erano il ginepro aromatico
e le grandi felci fiere
e i misteriosi licheni…
Sorse la luna chiara
fra i rami.
Amore

La luna coronata di margherite
ride nei vaghi occhi infermi,
caprioli d’argento
scherzano nelle radure del cielo.

I fiori si macchiano di sangue…
Oh, lontana, lontana, in questa notte,
come una nave con le sue vele
nel mare scuro…

Ma presto verrà il tempo
arido e melodioso dei papaveri,
e tu sarai tornata
già donna.
Frammento escluso da “La camara da letto”

“Sono qui tra un arrivo e una partenza”
sto scrivendo, recluso volontario
nel salottino verde,
unica stanza sgombra da valige
bauletti ceste borse pronte al trasferimento
in montagna, evento necessario, abitudine salùbre
impostaci dalla dolcezza della forte delicata emicranica
N., esecutrice senza incertezze d’un progetto
di restauro della casa che i maremmani edificarono
in anni lontanissimi e gli eredi,
calati nella pianura generosa ad offrire doni e rischi,
lasciano rovinare in lenta pace.
Bernardo, suocero mite le dà una mano
senza far vedere, ma
per i sentieri della lunga, vedova notte
i lumini dell’insonnia tornano quali
furono alimentati a olio di lino
nella sua infanzia selvatica e inquieta in stanze –
nuovamente fiorate da corolle purpuree sull’azzurro del muro –
che nel soggiorno agostano ospiteranno i nipoti,
l’impetuoso portatore del suo nome e il secondo nato,
già con lui dialogante,
il primamente pensoso Giuseppe tonduto quasi
a tradimento contro di me nella chioma castana,
di gambe che si allungano.
È un’ardente fervorosa mattina di luglio, i figli
della famiglia proprietaria affidati
alla malizia all’amicizia di chi,
uomini e donne in ordine sparso,
attende alla raccolta del secco, sonoro fieno.
Io dipingo una mia immagine riflessa
sullo specchio che fa il vetro,
mobile per un po’ di vento
della portafinestra mal chiusa sul giardino
che alla sfiorita esausta rosa alterna
il fiore stordente della materna
stuprata magnolia…
La rosa bianca

Coglierò per te
l’ultima rosa del giardino,
la rosa bianca che fiorisce
nelle prime nebbie.
Le avide api l’hanno visitata
sino a ieri,
ma è ancora così dolce
che fa tremare.
È un ritratto di te a trent’anni,
un po’ smemorata, come tu sarai allora.
Pagina di diario

A Bologna, alla Fontanina,
un cameriere furbo e liso
senza parlare, con un sorriso
aprì per noi una porticina.

La stanza vuota e assolata dava
su un canale
per cui silenziosa, uguale,
una flotta d’anatre navigava.

Un vino d’oro splendeva nei bicchieri
che ci inebbriò;
l’amore, nei tuoi occhi neri,
fuoco in una radura, s’incendiò.